Experiencias de bachillerato a distancia

Número 7, febrero 2012

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El asesor a distancia: Experiencias e ideales • Francisco Javier Macías Mendoza*

Resumen

Brindar asesoría es parte esencial del proceso de aprendizaje en la educación a distancia, actividad que abre un cuestionamiento: si el profesor a distancia debería indagar sobre los problemas que se les presentan a los estudiantes cuando están en un curso; por tanto, se requiere saber de manera fehaciente si el sentido común basta, esto es, si el docente es autosuficiente en la labor de asesoría.

Es válido aceptar que de manera ideal los asesores orientan a los estudiantes para que comprendan con mayor claridad las actividades del curso, porque los motivan para que cumplan en el tiempo preciso, porque aún los estimulan para que mejoren sus formas de aprender y de enfrentarse al curso.

Así, este texto será una reflexión, con una perspectiva estrictamente personal, sobre la actividad educativa en la modalidad a distancia, como asesor y diseñador de actividades de aprendizaje.

Palabras clave: Aprendizaje, asesor, gestión, acompañamiento, estudiante.

Eje temático: Docencia y atención a estudiantes
En primera persona: del docente presencial al docente a distancia

El verdadero inicio de las reflexiones ocurrió hace ya cinco años. Fue en la última universidad donde trabajé como catedrático “presencial”, esto es, como profesor frente a grupo. Estaba próxima la revisión por parte de las autoridades educativas y se requería (no: urgía) que las cartas descriptivas de las asignaturas fueran analizadas por parte de los catedráticos.

Yo fui incorporado al equipo de profesores que harían la revisión, no porque fuese exactamente la persona idónea, sino porque como estaba recién llegado a todo decía que sí y como se trataba de redactar, pues qué mejor decían otros profesores que alguien profesional en la escritura estuviera en el equipo. Pero los problemas no eran de redacción.

Me integré al “análisis” de los cursos relacionados con la redacción (Periodismo, Teoría de la Comunicación, Análisis literario, Semiótica). La metodología era simple pero ardua: entrevistar a los catedráticos para que aportaran mejoras a los programas; entrevistar a los estudiantes para que prospectaran la asignatura y su importancia en toda la currícula de la licenciatura; entrevistar a empresarios e instancias de gobierno que reclutaban a nuestros egresados, para que nos sintetizaran los requerimientos de un nuevo licenciado, haciendo hincapié en el reflejo específico de la asignatura; e investigar los derroteros de la licenciatura en otras universidades, pares nuestras. Con estas respuestas cada equipo elaboró un reporte-diagnóstico. Ninguno se leía igual. Ninguno se enfrentaba al fondo de ninguna problemática.

Las cartas descriptivas terminaron siendo ajustadas por un especialista externo. Poco después nos enteramos que todos los planes y programas fueron aprobados por las autoridades autorizadas en estas lides. Los estudiantes recibieron los nuevos programas el primer día de clases del nuevo semestre, y la primera noche del nuevo semestre el viejo conserje recopiló de las aulas (con nueva pintura) kilos y kilos con el fruto de la labor en equipo de quienes participamos en el experimento. Y todos felices: no percibimos ningún cambio y seguimos igual que antes, nomás que peor. Amén.

Las conclusiones tras ese experimento, para mí, fueron varias:

  • Los estudiantes juzgan que las asignaturas que implican textos no son agradables, pues leer e interpretar es bastante arduo e inútil.

  • Los docentes culpan de todos los males al sistema educativo y, paradoja alarmante, a las universidades.

  • Las empresas editoriales, periodísticas, televisivas y radiofónicas dudan que un recién egresado sea apto para “hacerlo responsable”; entonces lo mandaban a picar piedra, esto es, a acompañar a un reportero en su jornada, a archivar periódicos, a estar en una cabina o un plató viendo cómo los demás hacen el trabajo.

A modo de corolario a lo anterior: si como docente dejo de lado estas circunstancias, soy un docente manco, un docente incompleto.

Generalidades de un curso a distancia

Al diseñar cursos para alumnos de bachillerato, debe cuestionarse qué se desea que los estudiantes sepan, hagan y valoren en el futuro. Esta evocación acarrea otra deliberación: cómo debe estar diseñado un curso para que de verdad sea trascendental y no sólo un escollo, para que los estudiantes vean con placer esta parcelita que ellos llaman “materia”.

Como primera providencia, el profesor que vaya a diseñar un curso debe establecer perfectamente qué objetivos pretende que los estudiantes cumplan durante y tras el curso, amén de las competencias genéricas de la Educación Media Superior que deben estar reflejadas en el curso, lo cual es parte esencial. Paralelamente, el curso también requiere cumplir con las competencias disciplinares de cada una de las áreas de conocimiento, cuestión que cada unidad de aprendizaje resolverá según su esfera de aplicación.

Ya una vez establecidas estas características que podemos designar como “institucionales”, el profesor-diseñador debe plantearse una serie de especificidades que el curso deberá consumar. Tales características podemos nombrarlas como “de diseño”. Y una especificidad se refiere al diseño instruccional, cuya respuesta se origina en el qué y cómo se harán las instrucciones para que el alumno “sepa hacer” en el curso. Otro elemento por revisar es el diseño gráfico, pues hay que recordar que el intermediario entre el alumno y el profesor es lo que aquél observa en la pantalla de la computadora, y por ende se debe atender a cuestiones de imágenes, creatividad y aun a cierta estética en el acomodo de los elementos instruccionales y herramientas para resolver el curso.

Toda vez que se atendieron estas características, tanto institucionales como de diseño, vale la pena plantearse qué objetos de aprendizaje se van a lograr con dicho curso, esto es, con qué instrumentos y/o parámetros se otorgarán las calificaciones hacia el alumno. Esto debe definirse entre el profesor y el encargado del diseño instruccional, con la anuencia del respectivo jefe académico.

Grosso modo, tales características del curso a distancia son las que se necesitan para pensar y actuar en la educación a distancia. Entre más novedosas, reflexionadas y objetivas sean, los resultados harán de un curso un verdadero asunto que permita un aprendizaje constructivo.

El diseño y ejecución de un curso a distancia que parta de esta reflexión y de estas circunstancias, debe tener como objetivos:

  • Desarrollar las destrezas y habilidades pedagógicas necesarias para la educación virtual.

  • Desenvolver las actitudes y condiciones requeridas para la tutoría virtual.

  • Diseñar y aplicar un estilo personal para facilitar actividades de aprendizaje en los estudiantes.

Paralelamente, se necesita un curso donde los participantes o futuros tutores puedan compartir experiencias, poseer un conocimiento común y dominar herramientas de la educación en línea y del aula virtual.

Perfil ideal del asesor a distancia

Aquí vale la pena retomar la descripción de qué hace un asesor a distancia. En esencia, un asesor a distancia es la guía o el apoyo emotivo para un estudiante que requiere cumplir con una meta. Un asesor a distancia puede ser desde un árbitro que revisa el cumplimiento de actividades, hasta un puente que resuelve pugnas en un debate o foro.

De entrada, puede sostenerse que el asesor de un curso a distancia es el nexo entre el estudiante y el curso, ya que aquél debe ser lo suficientemente hábil para convertirse en su propio gestor del conocimiento, tomar conciencia de que es él quien aprende con un ritmo propio y con sus propias herramientas para aprehender datos, procesos e informaciones.

De esta manera, el asesor a distancia requiere ser mediador entre el estudiante y el curso, para solucionar problemas de carácter técnico “se cerró la pantalla”, “no acepta mi clave”, “no hay red”, son frases de un estudiante a distancia; y también problemas de carácter temporal “no tuve tiempo de mandar las actividades”, “en el trabajo hubo inventario y no pude salir a tiempo”, “cerraron el café Internet porque era domingo”. Los asuntos emotivos, personales, quedan velados o disimulados, dada la lejanía y hasta ese sentimiento de soledad, de impersonalidad, que un curso a distancia establece en el estudiante.

Por lo anterior, podemos vislumbrar ciertas actividades esenciales que un asesor a distancia debe cumplir:

  • Orientar y facilitar actividades de aprendizaje.

  • Guiar, apoyar y evaluar los avances académicos.

Si lo anterior es verdadero, el asesor debe ser todo un experto, tanto en el diseño de cursos como en el seguimiento puntual de los logros y problemas de aprendizaje en tal curso. Debe saber integrar y compartir experiencias; dominar los instrumentos y procedimientos de la comunicación en línea; y conocer para manejar de forma óptima el aula virtual. Vale reiterar que, de entrada, el asesor es el nexo entre el curso y el estudiante. Quizá sea muy simple ver la labor del asesor a distancia de esta manera, pero hasta ahora así se ha dado tal dinámica.

Finalmente, una observación básica. Si decimos que la educación encierra un tesoro, es urgente saber en qué consiste ese tesoro y que los descubridores sean personas de gran capacidad, tanto pedagógica como emotiva, para llevar a buen puerto este tipo de educación.

 

* Profesor Experto en Contenido, Universidad Virtual del Estado de Guanajuato, frmacias@uveg.edu.mx

 
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